II. Cenizas

II. Cenizas

Mis primeros recuerdos de Buenos Aires tienen lugar en los jardines de infantes. Hay otros, tal vez anteriores, pero excepto por los de mi abuelo, no tengo forma de ubicarlos en el tiempo. Los jardines fueron muchos, por lo menos cuatro.  

Mi timidez, o tal vez mi falta de experiencia, me dificultaba jugar con otros chicos en las pocas oportunidades que tenía. Mis días eran largos, pero yo no me quejaba, era la normalidad. Iba a la plaza Pichincha todas las tardes aunque mi madre prefería que yo jugara solo. Las opciones estaban acotadas porque algunos juegos requerían dos o más personas. Iba al tobogán y miraba a los chicos jugar al fútbol, lo que sabía que estaba prohibido para mí por diversas razones, como que otros chicos podrían lastimarme, sin querer o a propósito. También decía que me ensuciaría las rodillas. Prefería no insistir pues habría implicado tolerar su gesto de enojo, que le duraría toda la tarde. Después de jugar iba a la calesita.  

Más allá de que mis padres me lo decían todo el tiempo, el acatar normas y reglas era natural en la familia. Los cambios de colegio, no ir a jugar a las casas de otros chicos y que no hubiera libros infantiles en la biblioteca de casa era normal. Tampoco se me habría ocurrido cuestionarlo ni habría tenido cómo contrastarlo con otras familias.  

El Scholem fue el primer jardín al que fui, a los tres años. Me recuerdo en una silla en un círculo grande. Había tres maestras jardineras y sesenta o setenta chicos. Estaba cansado, era de tarde y el sol de invierno que se filtraba por la ventana me provocaba sopor. De repente me desperté mirando mis zapatos Guillermina y un chorro de pis que caía al lado de ellos. Estoy al rato en un vestuario, con una señora mayor que me cambiaba la ropa húmeda por un calzoncillo limpio. Mi madre me vino a buscar. Yo todavía me sentía incómodo por haberme hecho encima, aunque lo que más me acicateaba era saber cómo podían haber encontrado mi calzoncillo de repuesto en el depósito de la escuela. Suponía que cada chico tenía su propio calzoncillo, con lo cual yo consideraba que la señora que me cambió era una heroína por haberlo ubicado. A pesar de que mi madre no se enojó porque me hice encima, me di cuenta de que su respuesta a mi pregunta sobre la ropa interior ocultaba, con cierto pudor, la verdad: los calzoncillos eran de la escuela, para ser usados con cualquier chico que los necesitara. No me habría molestado saberlo. Era mi madre la que se sentía incómoda con esa situación.  

El siguiente recuerdo es una Colonia de Vacaciones, Arco Iris, calor, un viaje en micro con los asientos recubiertos de hule, las piernas que se pegaban. Nos llevaron a una pileta en zona norte y nos metimos al agua. Siento que una maestra me llama entre el barullo de muchos chicos gritando. Giro la cabeza para todos lados tratando de ubicar dónde estaba. Solo decía mi nombre “Sebastián, Sebastián”. Por fin la ubiqué. La maestra parecía molesta porque yo no le había respondido. Años después comprendí que no tenía orientación auditiva.  

En salita de cuatro, luego de la colonia, seguí yendo al jardín Arco Iris. A mitad de año me pasaron al Cangallo, donde Sonia, mi hermana, cursaba primer grado. El cambio no me molestó, aceptaba que era normal. Pero no me sentí cómodo y pedí volver al anterior.  

Al año siguiente, una nueva institución. Cuando mis padres me informaban que iba a ir a otro jardín, sentía que la razón que me daban: costo, cercanía, calidad, método de enseñanza, eran justificativos para ellos. Fui al Gesang. Tenía un patio grande al fondo, con un arenero lleno de arena dorada y fina y con un playón de juegos cerca de la pared. Una vez, jugando, levanté la vista y no vi a mis señoritas ni a mis compañeros. Me había distraído y quedado más tiempo. No me preocupé, fui a una maestra y le dije que no estaba mi salita. Me llevó. Me volvió a pasar en otro recreo; para mí significaba lo cómodo que me sentía solo.  

En este jardín tuve mis primeros amigos, Jaime y Luis. El contacto no era mucho, construir casitas con ladrillos de madera, pero para mí era algo nuevo y potencialmente lindo. Me alegró ver que un día que tuvimos que interrumpir para ir a otra sala, respetaron mi pila de ladrillos al volver. Yo estaba acostumbrado a que si dejaba un juego sin terminar en casa, mi madre ordenaba todo y cuando yo volvía no podía retomarlo. La relación de amistad también implicaba hablar y contar cosas, algo que me costaba y que yo intuía que a ella no le iba a gustar.  

Para el Día de la Madre preparamos regalos con papel maché. Yo hice un cenicero. No era hermoso, pero era claramente un cenicero y le había dedicado bastante esfuerzo. Una compañerita me ayudó a terminar de pintarlo, algo que no me salía muy bien.  

El cumpleaños de Jaime se hizo en su casa. Esta era la única circunstancia en la que visitaba a compañeros. Llegué tarde, con mi madre. Siempre encontraba una excusa para revisar el lugar y luego era la primera en pasar a buscarme. Cuando oía el primer timbre, mi mundo de fantasía se desvanecía. La casa de Jaime era simple y grande y enseguida noté la calidez de los padres, la buena relación entre los hermanos y una sensación de tranquilidad. Sentí curiosidad, sorpresa y a la vez bronca. Algo me faltaba.  

A la salida del Gesang, mientras esperábamos en la vereda para subir a los micros, jugábamos al anillito. Una persona tenía un anillo entre las dos manos unidas. Todos los demás también ponían las palmas unidas dejando un pequeño agujero arriba para que las manos del que lideraba entraran un poquito y este le dejaba el anillo a alguno. Después se tenía que adivinar a quién y éste pasaba al centro. Una chica, Rosana, rubia y con anteojos, la que me había ayudado a pintar el cenicero, siempre me dejaba el anillito a mí. Con mucho pudor empecé a dejárselo yo también a ella. Al poco tiempo, nuestros compañeros nos consideraban novios. Era lindo que alguien se interesara en mí pero era una relación diferente a la que tenía con Jaime y Luis. Alguien venía a buscarme y yo no entendía por qué.  

Ambos nos mudamos, Rosana y yo. Ella a Israel, casi a fin de año; yo en el mismo barrio, unos meses después. Me llamó desde el puerto para despedirse. En nuestra casa nueva no estaba el cenicero.  

Copyright David Mibashan

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