I. Inicios

I. Inicios

Fui malparido. Mi madre quería un varón. Al entrar el obstetra a la sala de partos, le apostó que iba a tener una nena. Su objetivo era perder la apuesta y tener un hijo.  

Mi llegada no fue, por lo tanto, sencilla para mi madre. Implicaba perder algo. O la apuesta, o tener otra niña.  

La anécdota del obstetra me había parecido intrascendente cuando la escuché en la mesa de los adultos durante una reunión familiar. Luego empecé a pensar que, si era cierta, había sido un parto no sencillo para mí también.    

Teresa Walinsky, mi madre, nació y se crió en Villaguay, Entre Ríos. Hija de inmigrantes judíos rusos, tuvo, aparentemente, una infancia alegre a juzgar por las fotos de cuando era chica, amarillentas ya en los bordes por el paso del tiempo. Allí se la ve rodeada de familia extendida, jugando con sus primos o en la farmacia del tío preparando recetas magistrales. Cuenta que fue feliz aunque siempre tenía una sonrisa forzada cuando lo decía, la misma sonrisa que en las fotos.  

En su propia casa, sin embargo, tuvo una infancia triste. Sus padres vivían peleándose. La abuela María le recriminaba al abuelo Israel que siempre llegaba tarde, que se iba con sus amigos a jugar a las cartas y que no se ocupaba de la familia. Mi abuelo le criticaba que ella era rígida y ácida con toda la gente, que nunca podía hablarle y que se comportaba de forma muy dura con los chicos.  

Mi madre era la mayor de cinco hermanos. Luego venían dos mujeres, un varón y la menor. En el fondo, mis abuelos peleaban porque les disgustaba el haber decidido estar juntos. Embriagados por la posibilidad de estar en pareja y de sentirse adultos, se habían puesto de novios siguiendo los rituales de la época de verse en la casa de ella y de salir solamente si alguien los acompañaba.  

A los dieciocho años, Israel no sabía lo que quería pero le cosquilleaba el estómago cuando se acercaba a la casa de María. Sentía que esto era diferente a lo que ya conocía: hacer deportes, salir con los amigos, viajar. A María, de dieciséis, se le salía el corazón del pecho cuando se acercaba la hora en que él la visitaba. Caminaban por la plaza del pueblo; se sentían livianos, los sonidos se distorsionaban y las tensiones desaparecían. El aroma de los paraísos en flor los enaltecía.  

Ambos sentían expectativa; no podían o no se atrevían a saber bien de qué, pero vislumbraban que de haber estado solos y sin restricciones sociales habrían pasado cosas lindas. Tan confusos estaban por las sensaciones que no quisieron escuchar a su intuición cuando les decía que lo que los emborrachaba no era la forma de ser de la otra persona, el querer indefectiblemente estar con ellos, sino más mundanamente, querer estar con alguien.  

Se casaron y pronto supieron que la relación era una prisión. Separarse no se aceptaba socialmente y no comprendieron que si estaban juntos, lo mejor era buscar la forma de hacer funcionar la pareja, sobre todo con cinco hijos que recibían ese gran desamor.  

Israel se enojaba a menudo, gritaba, pegaba un portazo y se encontraba con sus amigos. Volvía muy tarde, cuando sus hijos, asustados por los gritos y el golpe al salir, ya se habían ido a dormir. Los chicos temían que no volviera o que algo malo le sucediera.  

Los cinco parecían sacudidos, introducidos en la vida sin ser amados y llevados a la adultez sin saber qué buscar. En el fondo, no se atrevían a expresar todo su potencial creativo, amoroso, productivo. Las peleas y recriminaciones en casa los habían marcado. Se sentían culpables de algo, tal vez de su existencia. Sin ellos, sus padres podrían haber terminado la relación o seguido juntos con menos peleas. Los hijos estuvieron siempre acompañados de la culpa derivada de su propio existir. Teresa, mi madre, entendía mejor la situación por ser la mayor y sufría por no poder hacer mucho para ayudar a sus hermanos.   

Mi padre, Oscar (Asher) Braunstein, nació en Iasi, Rumania, cuando empezaba la Primera Guerra Mundial. Su padre, Abraham, y su abuelo, Mendel, habían estudiado religión y filosofía y se mantenían, sin lujos, como escritores y periodistas. Estaban los dos involucrados con el movimiento sionista que comenzaba a expandirse en la Europa central. Su madre, Shosh, venía de una familia de comerciantes exitosos de Iasi. Abraham y Shosh se conocieron a los diecisiete años cuando él fue a darle clases particulares al hermano menor de ella. Fue un amor a primera vista y la relación duró toda la vida.  

Oscar se mudó a los pocos meses de vida a Palestina, con sus padres, donde mis abuelos ya habían residido. Hasta los quince años alternó entre Palestina y Suiza. Las explicaciones para las mudanzas fueron varias: problemas respiratorios de mi padre que se podían curar mejor en las montañas, oportunidades laborales de mi abuelo, vaivenes de la economía y la política en el período entre las dos guerras mundiales. La realidad detrás de las mudanzas era que mi abuelo se sentía a gusto en Palestina y mi abuela en Zurich.  

Dos coincidencias me permiten saber de cuándo son mis primeros recuerdos: la muerte de mi abuelo Abraham en marzo de 1960 y que mis padres dejaran de alquilar la casa de verano esa misma temporada, cuando yo cumplía tres años.  

La casa era cómoda y la teníamos por dos meses. Mi padre se quedaba todo enero y en febrero venía los fines de semana. Nos llevaban a la bicicletería El Indio ni bien nos instalábamos y una vez elegí un triciclo verde con forma de helicóptero. Recuerdo también el perro de policía de las chicas de la esquina y la calesita, que miraba pero no usaba por la pena que me daba el caballo que la hacía andar. Crecía manzanilla entre las baldosas de la vereda y el cordón. La sensación era de libertad, de jugar en la playa, pero también de soledad, de tratar de entender.  

Un mediodía caluroso volvimos a la casa a almorzar y a descansar. Mientras dormíamos la siesta, yo entre mis padres en la cama de ellos, el zumbido de una mosca me despertó. Me di vuelta y me volvió a despertar. Frustrado, me levanté y fui al living a jugar con un Meccano en el piso de baldosas.  

De mi abuelo paterno recuerdo su tranquilidad y su pasión por enseñar. Abría la Enciclopedia Salvat y me explicaba sobre los animales o los países, mostrándome los dibujos y los mapas. Venía a casa a visitarnos y se interesaba por mi hermana y por mí, pero más allá de preguntarle a mi madre, interactuaba con nosotros de una manera natural. Supe, cuando murió, que se iba alguien que podría haberme protegido.

Copyright David Mibashan

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