Pepito

Pepito

            Jorge llegó a Buenos Aires a fines de marzo. El barco había salido de Rotterdam. Veintidós años desde que se había ido.

            Al poco tiempo de salir a la cubierta, en el último día de viaje, podía adivinar los rascacielos de Buenos Aires. Al rato ya se veían más nítidos. Jorge, sin embargo, no se emocionó.

            A los diecisiete, en cuarto año, dejó de ir al colegio poco antes de que lo expulsaran por la cantidad de faltas. No le gustaba estudiar, era fastidioso. Prefería hacerse la rata, caminar por el centro, jugar al billar, ir al Devoto a ver alguna película de sexo.

            El día que decidió largar el colegio sintió un alivio grande. Se lo comentó a sus amigos y fueron a un burdel de Flores para celebrar. Jorge había terminado la secundaria.

            Prefirió no contarle a sus padres sobre su decisión. De todas maneras no iba a importarles. El padre trabajaba doce horas por día en una usina de Segba. Llegaba a casa de noche, comía y se iba a dormir, sin bañarse. Aurelia, su esposa, y Jorge ya estaban acostumbrados. El olor metálico que dominaba en la transpiración de su padre ya era rutinario.

            Aurelia trabajaba de mucama en un hospital municipal. Empezaba a las siete, llegaba de vuelta a su casa a las cinco. Años de suciedad, dolor, gritos y desesperación la habían encallecido. Un cáncer al hígado, una amputación, un bebé descerebrado. Era un trabajo. Nada la sacudía. Y más que eso. Se había endurecido en otros aspectos. La vida era una cadena. Aurelia ya casi ni se amargaba por sus miserias.

            Desde que había dejado de estudiar Jorge salía todas las mañanas como si fuese para el colegio. Tomaba el 37 en la estación Lanús y se bajaba cerca del Congreso. Desayunaba en algún bar. Muchas veces iba a Los Angelitos.

            Cada vez tenía menos dinero. Un hombre mayor que conoció en el bar le comentó que podía ganar plata en el puerto, bagayeando. El hombre lo llevó a la dársena C. Un barco noruego estaba anclado. El señor silbó desde el muelle y un marinero pelirrojo y gruñón salió a ver quién era. El hombre, Jacinto, le gritó varias veces el nombre Carl.

            Carl salió a la cubierta. Una persona de unos cuarenta o cuarenta y cinco años, fuerte aunque un poco encorvado en los hombros. Su cara parecía prematuramente avejentada. Inspiraba confianza. Le hizo señas a Jacinto de que subiera. Jacinto señaló a Jorge. Carl hizo un movimiento amplio con el brazo invitando a los dos a subir.

            El camarote de Carl tenía cuatro cuchetas. La luz era mortecina, un solo foco en una esquina del cuarto, sobre un lavabo muy pequeño. Había poco aire fresco, el cuarto tenía mala ventilación. Carl hablaba un poco de castellano y otro poco de inglés. Se entendían por las señas.

            Carl sacó un bolso de abajo de una de las cuchetas y lo abrió. Les mostró dos radios. Metió la mano en el bolsillo y sacó dos billetes de veinte dólares. Señaló a una radio. Sacó un billete de cinco dólares y señaló a Jacinto.

            Jacinto le preguntó qué más tenía. Señaló al bolso. Carl lo abrió y le mostró varias afeitadoras eléctricas. Sacó un billete de cincuenta dólares y uno de diez y sostuvo uno en cada mano, el de cincuenta más cerca de la afeitadora, el de diez al lado de Jorge.

            Jorge se las ingenió muy bien para vender la mercadería. Iba a negocios del centro, se ponía a charlar con uno o dos empleados y después de un rato tenía a cinco o seis personas alrededor de él. Sabía entretener muy bien a la gente aunque nunca contaba nada de sí mismo. Le importaba la tarea, vender, y no hablar de sí mismo.

            A través de Carl conoció a otros marineros de distintos barcos. El negocio avanzaba. Si los marineros traían algún artefacto eléctrico casi desconocido en la Argentina, le prestaban uno a Jorge para que lo pudiera mostrar a futuros clientes. Jorge también conseguía whisky y cigarrillos importados a pedido.

            Fueron dos años de vivir en casa de sus padres y trabajar con el contrabando. Como suponía, cuando al final les dijo a sus padres que había largado el colegio, no le dijeron nada. Jorge les traía regalos importados a menudo y los padres se sentían conformes. Más que nada porque podían mandarse la parte en sus trabajos y con los vecinos.

            Jorge, sin embargo, se estaba aburriendo. Había demostrado que podía vender. Ahora le faltaba acción. Un miércoles muy gris de mayo del 54 Carl le preguntó si no querría ir a Europa. El barco salía el lunes siguiente. Ni tendría que esconderse. Mientras trabajara en la cocina podría viajar gratis. Jorge le dijo que lo iba a pensar aunque su decisión ya estaba tomada.

            En cinco días liquidó su negocio, consiguió los documentos para viajar y se despidió de sus pocos amigos. A sus padres les dijo que se iba por tres meses. Él sabía que era mentira. Sabía además que no iba a volver a verlos. No le importaba.

            Jorge sintió muy rara a Buenos Aires. No sabía si era él, después de todo veintidós años era mucho tiempo, o si la ciudad había cambiado tanto. Tenía la sensación de que el cambio era muy reciente.

            En una pensión de Constitución consiguió un cuarto chico, al fondo, con una ventana alta que dejaba entrar mucha luz. Pero que no permitía mirar hacia afuera sin subirse a una silla.

            Dos días estuvo tirado en la cama. La dueña de la pensión vino a preguntarle si le pasaba algo. “Sí”, le mintió, “sufro de gota”. La dueña se ofreció a traerle comida a la habitación. Jorge sólo quería comida simple, papas hervidas, fideos con manteca, un bife con ensalada.

            Se quedó escuchando los ruidos de afuera. A pesar de los más de veinte años, le eran tan familiares. Los coches acelerando, frenando para dejar pasar a un colectivo, los coches con escape libre, los coches con el escape roto. El afilador y su silbido, el botellero. Los diarios.

            Había dejado atrás muchos lugares, tantas mujeres, muchos contactos. Nunca había tenido nostalgia. La vida era lo que era. Amargarse porque una buena mujer se había ido no le ayudaba a encontrar otra.

            Cuando decidió salir a la calle fue a buscarlo a Jacinto. Conocía los bares que él frecuentaba. Era una cuestión de co-incidencia. Jorge iba a un bar de mañana y se sentaba junto a una ventana. Pedía un café. Leía el diario de punta a punta. Cada tanto miraba hacia adentro para ver si Jacinto no había entrado por otra puerta. A veces se quedaba absorto mirando hacia afuera. El ir y venir de Buenos Aires y la belleza de sus mujeres lo asombraba.

            Estuvo un mes así. Sin embargo no era engorroso, ni siquiera era una tarea. Jorge se levantaba temprano, se dejaba ir caminando hasta un bar y se quedaba toda la mañana. Le gustaba hacerlo.

            Un jueves de principios de mayo apareció Jacinto. Estaba más viejo pero se mantenía bien erguido y en buena forma física. Jorge se paró delante de él.

-Jacinto.

-¡Jorge! ¡Jorge Mendizábal! -abrió los brazos para abrazarlo -¿cómo estás pibe?, ¿por dónde anduviste? ¡Qué bien se te ve!

-A vos también.

-Bueno, más viejo estoy -se señaló las canas.

-Sí, pero no estás encogido.

-No, pibe, la vida continua.

            Estuvieron juntos todo el día. Jorge sintió que tal vez la nostalgia no fuera tan mala.

-Jacinto, necesito ganar plata -le dijo Jorge, muy seguro de sí mismo.

-Pibe, llegaste a buen puerto.

-¿Te acordás del puerto? ¿Todavía estás en esa?

-No, ya no. Ahora vendo mercadería, televisores, estéreos, esas cosas.

-Ajá.

-¿Y necesitás ayuda? -le dijo Jorge, más ofreciendo que pidiendo.

-No.

            Jorge decidió que era Jacinto el que debía quebrar la pausa.

-Mirá, pibe, esto es en serio -le dijo Jacinto, revolviendo lo que quedaba de café.

            Jorge supo que había ganado, que Jacinto le pedía, le explicaba.

-Mmh -le contestó.

-Yo conozco a alguna gente que tiene trabajo. A veces toman gente de afuera, como vos.

            Jorge levantó las cejas, invitándolo a Jacinto a contar más.

-Mirá, no va a pasar nada si no te chequean antes. Dame tu número de cédula y en una semana te contestan.

            Jorge se lo dio, notó que Jacinto tenía miedo y cambió de tema.

            No podía dejar que el suspenso lo acosara. Tampoco le convenía pedirle detalles a Jacinto, hubiera sido demostrar debilidad. Por otra parte Jacinto parecía estar jugándose bastante por él. Un buen prostíbulo le sacaría las preocupaciones de la cabeza.

            Jacinto apareció puntual en el bar. Jorge estaba desde temprano.

-Estás limpio -dijo Jacinto.

-Ajá.

-Andá esta noche, a las ocho, a esta dirección, es por Flores -y le dio un papelito-. Tocá el timbre cuatro veces y decí que te manda Tato.

            Puntual tocó cuatro veces. Un intercomunicador oculto dejó salir una voz metálica

-¿Quién?

-Me manda Tato.

-Pase.

            La puerta se abrió despacio. El vestíbulo llevaba a un solo cuarto iluminado, una biblioteca. Jorge caminó hasta ahí y se quedó parado en el centro del cuarto. La luz era leve, venía de dos lámparas de pie no muy altas. La madera de los estantes era muy oscura.

-Siéntese -le dijo una voz muy grave- no se dé vuelta -le impetó.

            Jorge se sentó en una silla, de espaldas a la voz.

-¿Nombre?

-Jorge Mendizábal.

-¿Edad?

-41

-¿Domicilio?

-Una pensión, en Constitución.

-¿Dirección? -gritó la voz.

-Brasil 1473.

-¿Mató alguna vez?

-¿Qué?

-Ya me oyó.

-No. No maté.

-¿Robó?

-No.

-¡Miente!

-Sí, robé.

-No vuelva a mentir. ¿Usted me confía?

-No sé.

-¿Me confía sí o no?

            Jorge sintió el caño de la pistola en la nuca mientras otras manos le echaban las suyas para atrás y se las esposaban a la silla.

-Sí.

-No suena convencido.

-No lo estoy.

-¡Hijo de puta!

-¡Tu madre!

-¡Cerdo de mierda, te puedo matar!

-¡Cornudo!, ¿y para eso te voy a confiar?

            Lo dejaron solo. Pasó mucho tiempo. Lo que más le molestaba era las ganas de orinar.

            A las tres horas volvió la voz.

-Suéltenlo -esperó a que lo soltaran. -Párese.

            Jorge se paró.

-Dése vuelta.

            Despacio se dio vuelta.

-Pasó la primera prueba -le dijo Francisco, dándole la mano.- Vuelva mañana a las ocho, de parte de la Pocha. Venga dispuesto a estar despierto toda la noche.

            Cuando Jorge salió, Francisco comentó:

-Tiene pasta, ni siquiera se meó.

-¿Quién?

-Me manda la Pocha.

            La puerta se abrió con un chirrido.

-La situación, Mendizábal, es muy complicada. Este país se convirtió en un burdel, un hazmerreir internacional. La economía por el piso, la presidenta que no dirigía ni a un títere, los sindicatos haciendo desastres. MANO FUERTE es lo que hacía falta -dijo Francisco, casi deletreando ‘mano fuerte’-. La juventud está loca, equivocada. Juventud era la de antes, la nuestra. Coger era lo importante, perdone la crudeza pero estamos entre hombres. Pero no con la novia, no. A nadie se le hubiera ocurrido meter a su novia en desgracia. Para eso había putas, perdidas, las minas de la calle, mujeres que no iban a llegar a mucho y una que otra ninfómana en cada cuadra. Su novia no le hubiera permitido tocarla. Ellas sabían lo que era importante. Claro uno las besaba y acariciaba el sexo para prepararlas, por ellas. Pero no consumar -Francisco prende un cigarrillo-. ¿Y qué hacen estos degenerados hoy en día? Si se dedicaran a coger a cualquiera vaya y pase. Cada generación tiene que ser rebelde. Pero no, se meten en política. ¡Qué saben estos pendejos desquiciados lo que es la política! Los rusos les lavan el cerebro. La KGB está en todos lados, lo sé de buena fuente. Hicieron un buen trabajo. Pusieron manzanas podridas en todos los cajones. ¡Es una epidemia!

            Jorge lo escuchaba muy atentamente.

-Los rusos les dan dinero, armas, salvoconductos. La inocencia de la adolescencia tapa tanto. Parejitas besándose en la calle ocultan una molotov. Pendejos de diecinueve años tratan de copar un cuartel. Entonces, si no puedes vencerlos, únete a ellos. Y es lo que hacemos. Usaremos sus métodos despiadados. Ellos saben poner bombas, matar, amenazar, robar. Nosotros vamos a aprender. Tenemos que penetrarlos, entenderlos, destrozarlos – se alisó el pelo, se calmó-. Debemos sacarles información.

            Jorge esperaba más detalles. No hubo.

            La primera acción fue en Exactas. Eran cinco en un Falcon verde. Cholo manejaba, Francisco iba al lado. Atrás del chofer iba Jorge y a su lado Miguel y Alberto.

            Pararon frente al pabellón dos. Ya habían recibido la señal de que Andrea Prego (a) Lucía estaba adentro.

-Vos, Jorge, te quedás al lado del coche y no dejás que se acerque nadie.

            Los otros cuatro entraron el pabellón, fueron a un aula del subsuelo y en la primera fila la reconocieron a Andrea. Tenía dieciocho años, no era muy alta, pelo marrón claro, flaca y linda. No querían perder tiempo. Francisco sacó la pistola, le apuntó y la conminó a ir con ellos. La cara de terror de los compañeros de Andrea contrastaba con el asombro de ella.

            Le ataron las manos en la espalda, le dieron un sopapo, le pusieron una capucha, la agarraron de los brazos y la sacaron en vilo por la puerta principal.

            Afuera, Jorge estaba tomando conciencia de que la gente lo miraba aunque le huían. Él ahora estaba del otro lado. Pertenecía a ellos.

            Francisco le gritó que abriera el baúl y le tiró un juego de llaves. Jorge lo abrió y entre dos tiraron a Andrea adentro. Salieron rumbo a la Costanera.

            El sol del atardecer era hermoso, un tranquilo sol de un día que se negaba a ser de invierno.

            Andrea estaba atada a la camilla, desnuda, muy asustada. Francisco lo llevó a Jorge a otra pieza.

-¿Estás bien?

-Sí.

-¿Querés seguir?

-Sí.

-No conviene que hablemos mucho. Tu sobrenombre va a ser Pepito. Yo te voy a hacer señas. Podés hacer lo que quieras pero no te aconsejo que te la cojas.

-¿Por?

-Porque nunca en tu vida te la vas a sacar de la cabeza.

            Cuando entraron Alberto estaba preparando la picana.

-¿Vas a cantar? -le preguntó Alberto.

-No sé nada -dijo Andrea aterrorizada.

-¿Querés esto? -mostrándole la picana.

            Andrea sacudía la cabeza de lado a lado.

-¿Y esto? -le preguntó el Cholo mostrándole su pene.

            Andrea seguía sacudiendo su cabeza.

            El Cholo empezó a masturbarse, entre carcajadas de los otros, mientras caminaba desde el fondo de la habitación hacia la camilla.

            Se masturbaba lentamente, rítmicamente y se acercaba a la cabecera del enrejado. Con lentitud, con perverso placer, eyaculó sobre la cara de Andrea, que estaba endurecida en una mueca de asco y terror.

            La sesión de picana siguió por dos horas. Francisco lo empujaba a Jorge a participar en varias oportunidades. Le decía al oído “dale acá”, “apretá allá”, “hacete el bueno”.

            Andrea no largaba nada. Estaba sangrante y dolorida pero no decía nada. Francisco se lo llevó a Jorge al cuarto de al lado.

-Esta mina es de última. Un contacto. Vendía revistas en la universidad. De la TERS. No creo que conozca a más de uno o dos. Y ésos son los que la delataron. Pero nunca se sabe.

            Francisco sacó un paquete de cigarrillos importados, tomó uno y le ofreció a Jorge. Los prendió con un Ronson de oro.

-Pero hay que hacer lugar. Estas alimañas ocupan las cárceles. No se lo merecen. Y necesitamos el lugar. No tenemos tiempo de llevarlos al sur. O canta en dos días o es boleta. Si canta también.

            Francisco empezó a caminar hacia la puerta. Jorge se quedó parado.

-Andate ahora y volvé a la mañana -le dijo Francisco.

Jorge se fue caminando, prendió otro cigarrillo y se puso a pensar que el trabajo no parecía mal. Lo único que le molestaba en serio era que hacía mucho frío en el centro de detención. Le iba a exigir a los de mantenimiento que pusieran más estufas.

            Al día siguiente Andrea había muerto. Para ahorrarle sufrimiento, Miguel se acercó a su celda después de una sesión de tortura. Le trajo una jarra de agua.

-Mirá, piba, vas a morir hoy o mañana, yo lo sé. Si te tomás el agua te estás suicidando. Decisión tuya, yo te la dejo.

            Andrea gateó hasta la jarra, mientras Miguel cerraba la puerta, la levantó con las dos manos y la tomó toda. En un momento de lucidez sintió que la última decisión de su vida había sido suya.

            Francisco llevó a Jorge a comer a los carritos de la Costanera. El Falcon verde imponía respeto. Un silencio denso se cerraba alrededor de sus ocupantes cuando bajaban del coche. Francisco quería asegurarse de que Jorge tuviera suficientes agallas, de que no fuera un flojo. Se convenció.

            A Jorge le gustaba más la caza que la pesca. La caza era encontrar y atrapar a un sujeto. La pesca era sacarle información. No le molestaba torturar, a veces lo hacía con placer aunque en general era una simple rutina. Era una piba rica como podía ser un viejo, un lisiado, un ex-policía. Era una tarea, él sabía los fines y objetivos. Así como un matadero le podría parecer sucio y desorganizado a quien lo visitara por primera vez, así una casa de detención también podría aparentar desorden. Nada más lejos de la verdad, sabía Jorge. El orden, la limpieza, los motivos y los objetivos existían. Cuanto más rutina, más fácil era para todos, todo fluía. Jorge también pensaba que el trabajo era una obligación. Los hijos de puta se negaban a hablar, tan sencillo les hubiera sido, y no les dejaban alternativa.

            La caza era más linda porque había que estar en la calle, contactar gente, ser temido, admirado, odiado. Eso a Jorge le gustaba; se sentía importante.

            Varias noches, de madrugada, iban a algún cabaret. Iban tarde, a las tres o cuatro. A Jorge le gustaba ir al Lux. Cuatro mujeres trabajaban ahí. La dueña los trataba muy bien a los servicios. Cuando estacionaban en la puerta salía con una bandeja con cinco vasos de whisky. Si sólo había cuatro hombres en el coche ella se tomaba el quinto.

            Las mujeres les temían a los hombres porque sabían quiénes eran. Sin embargo había algo más que el temor, algo visceral, que los hombres intuían y manejaban. La Negra, a pesar de que podría habérselos llevado a un hotel hasta el mediodía y cobrarles buena plata, a los quince minutos de charla se iba a un rincón con un hombre y le chupaba la pija, gratis. Terminaba y se sentía como una alumna a la que le decían “Muy bien, María, supo la lección, vaya a sentarse”. A Jorge no le quedaban dudas de que más que el temor, era una necesidad de someterse.

            Durante cuatro años la vida fue agitadamente linda. Jorge trabajaba diez horas por día, después dormía, visitaba a Jacinto, caminaba por la Boca, pintaba, escuchaba música clásica. El sueldo era bueno, pero lo que le daban de regalo era mejor. A eso se dedicaba Jacinto, a vender mercadería robada en casas allanadas. Jorge le daba su mercadería a Jacinto y le dejaba una buena comisión. Un día Francisco lo llamó a su oficina

-¿Dónde vivís, pibe?

-Alquilo un departamento en San Telmo.

-Hay una casa que allanamos, en Florida. El dueño murió. Si querés la podemos pasar a tu nombre.

-Bueno.

            El único costo fue el abogado. El trámite se demoró dos meses y Jorge tuvo una casa de dos plantas con jardín adelante y atrás. Le llevó cuatro semanas de allanamientos amueblarla a su gusto.

            Entre 1980 y 1982 la situación se tranquilizó, Jorge pasó a trabajar más tiempo en un escritorio, aunque nunca faltaba un poco de acción para despertarle los reflejos.

            La guerra de las Malvinas cambió todo. El poder de los milicos se desintegraba. “Yanquis de mierda”, pensaba Jorge, “ponerse a ayudar a los británicos”.

            En 1983 se empezaron a desmantelar los centros de detención. El ánimo era francamente triste. Tantos recuerdos, tantos trabajos, tantas cosas de las que no quedaría ni la nostalgia. Jorge pidió una reunión con Francisco.

-¿Qué te pasa, pibe?, ¿qué querés?

-Un pasaporte.

-Te podés quedar. Tenemos amnistía asegurada.

-No, este país no sirve, no entiende. Uno se involucra en algo, se rompe, y por primera vez en mi vida. Limpia al país de un cáncer y ¿para qué, eh, para qué?

-Pibe, la mano viene así.

-No, esta gente nunca va a aprender.

            Con sólo un bolso, a los 48 años, acompañado de Jacinto, llegan al puerto. Como casi treinta años antes, un barco noruego lo espera. “Buena señal” le dice Jacinto. “No, no hay señales, no hay nada. Sólo nada”.

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