Pepito
Jorge llegó a Buenos Aires a fines de marzo. El barco había salido de Rotterdam. Veintidós años desde que se había ido. Al poco tiempo de salir a la cubierta, en el último día de viaje, podía adivinar los rascacielos de Buenos Aires. Al rato ya se veían más nítidos. Jorge, sin embargo, no se emocionó. A los diecisiete, en cuarto año, dejó de ir al colegio poco antes de que lo expulsaran por la cantidad de…