III. Teresa 1
A Teresa le habría gustado sentirse cómoda en la casa de sus padres. Le habría gustado no ser la responsable y el ejemplo para sus hermanos menores. Teresa habría disfrutado de dejarse llevar por lo que sentía: su fantasía de crecer y ser independiente, su necesidad de conocer, viajar y descubrir; sus ganas de que su cuerpo amara a alguien.
De haber obtenido las cosas que le gustaban, su curiosidad, inteligencia y don de gentes le habrían dejado disfrutar más, ser productiva, destacarse.
Sus padres, María e Israel, no se amaban. Tomaban la casa como un enemigo, algo feo, un lugar donde no querían estar. Para sobrevivirlo, para no pensar en el callejón sin salida donde se habían metido voluntariamente, lo rutinizaban. Con reglas, explícitas y de las otras, cuidaban de la casa, de la distancia entre ellos, de los chicos, de las relaciones con los de afuera. La política y la actualidad eran interpretadas con el cristal del “como debe ser” y preferían la rutina a una posible felicidad propia o ajena, algo que los dejaría sin respuesta y con la comprensión cabal de que el punto de partida era muchos años de tristeza. La casa era como los momentos sobrios de un alcohólico.
A Teresa le habría gustado que su hogar fuera un refugio. Pero eso no pasaba. Aplicando la mentalidad negociadora de los nenes, aunque ya grande, pensó que si cumplía todas las reglas, sería un lugar alegre. Sabía, en el fondo, que no era cierto, pero ese intento fue el leit motiv de su vida hasta que olvidó por qué seguía las normas y desde entonces lo hizo sin esperar retribución alguna del destino.
Fue condicionada desde joven por esas reglas y por los gritos de su cuerpo que le pedían algo que sus padres y la época no aceptaban.
Se mudó a Buenos Aires a la casa de una tía cuando cumplió diecinueve años. Estudió dos carreras cortas, Teneduría de Libros y Enfermería. Supo llevar bien a una ciudad grande. Los cines, confiterías y restaurantes le hicieron perder el miedo al cemento y al transporte público. Estudiaba, trabajaba, salía con sus primos y con conocidos.
Lo que no se atrevió a desentrañar: la casa triste de la infancia y los pedidos de su cuerpo adolescente, la marcó. Unió, en su mente, ambos temas. La desvelaban, y arribó a una verdad concreta, aunque no la más profunda. Sabía, aunque la sensación era como irreal, que quería estar con un hombre, incluso uno tan bruto como su padre. Ante tales sensaciones, decidió enterrar tanto el tema de la casa como el de su cuerpo.
La tarea imposible de mentirse a sí misma la llevó a una espiral de falsedad, denegación y de toma de decisiones equivocadas (elección de pareja, tener hijos) que la condicionaron para el resto de su vida.
La verdad más profunda, la que Teresa no quiso admitir ni luego de años de terapia, era que no la habían deseado antes de nacer, ni querido después.
Copyright David Mibashan